LA VENEZUELA DE MADURO

Cuando el coronel Hugo Chávez Frías tomó el poder en la Venezuela de 1998, parecía convertirse en la figura emblemática del renacimiento iberoamericano.

Sería injusto no darle el crédito al chavismo de haber acabado con un sistema partidista tradicional y herir de muerte a los partidos de siempre Acción Democrática (el PRI venezolano) y COPEI (el PAN venezolano).

Sin embargo, a pesar de iniciar con ímpetu y afán reformistas, las ideas se agotaron y Chávez, que se consideraba como sucesor del gran presidente venezolano Marcos Pérez Jimenez, terminó acercándose al régimen cubano de Fidel Castro.

No debemos perder de vista que un verdadero socialismo debe tener como fin principal la consolidación de la soberanía nacional y la autosuficiencia económica del país.

El chavismo, en cambio, prácticamente destruyó la planta productiva de Venezuela. Las empresas cerraron, las fuentes de empleo desaparecieron, la industrias colapsó y el país se hizo enteramente dependiente de las importaciones para sobrevivir. La carestía, la proletarización, el abandono y la migración hacia las grandes ciudades provocaron una crisis de inseguridad sin precedentes.

El llamado “Socialismo del Siglo XXI” terminó convirtiéndose en una re-edición del viejo populismo latinoamericano. El chavismo, desprovisto de inspiración, terminó desempolvando viejos proyectos que habían fracasado, destruyendo las esperanzas de los venezolanos.

En la práctica, la nefasta gestión económica del socialismo venezolano se parece mas al tristemente recordado régimen de Miguel de la Madrid en México, que al modelo socialista adoptado exitosamente en China, por ejemplo.

Mientras Guyana ambiciona ocupar el Esequibo venezolano, Nicolás Maduro es candil de la calle y oscuridad de la casa, al erigirse en el defensor de la causa latinoamericana sin tomar en cuenta la suma debilidad de su liderazgo.

Claro está, no toca a la gente de fuera intervenir en Venezuela. Los mensajes groseros de Felipe Calderón en contra del gobierno venezolano, obedecen mas a una vendetta que a un genuino interés por el bienestar de ese pueblo hermano.

Lo que también es absolutamente verdad, es que el fracaso del chavismo, socialista de palabra y capitalista de hecho, no implica el fin del ideal socialista. Necesariamente, los teóricos del socialismo tendrán que mirar hacia la revolución alemana de 1933 como un modelo válido para la liberación nacional en todas partes del mundo.

Afortunadamente, ya hay venezolanos despertando a la realidad. Mostrar a los venezolanos residentes en México estas verdades es fundamental para fomentar su politización.

Juan Carlos López Lee