LA MENTIRA DEL TRANSEXUALISMO

Mucho se ha dicho sobre la intención de reconocer las uniones entre personas del mismo sexo como matrimonios, lo cual constituye una aberración terminológica de grandes proporciones.

En la práctica, la aprobación de estas reformas ya es un hecho consumado en ciertos países iberoamericanos.

En México, por ejemplo, el mismo Presidente de la República se ha convertido en campeón de la causa homosexual y transexual, lo cual no debe sorprender a nadie, pues su partido pertenece a la Internacional Socialista, y esta es una consigna añeja de los socialistas europeos.

Es por esto, que los simpatizantes y militantes del Frente Nacionalista de México han sido activos participantes en las concentraciones impulsadas por el Frente Nacional por la Familia, organización amplia que defiende el ideal sano y natural del matrimonio entre un hombre y una mujer. Todo esto a pesar de que una manifestación donde unas diez personas protestaron por el homicidio de un homosexual en Cuernavaca, ha tenido mucho mas eco en los medios que la acción de centenares de ciudadanos que se han dado cita en diversas partes de México para protestar contra la aprobación del matrimonio homosexual.

Sin embargo, los cambios a la ley que contemplan la posibilidad de reconocer como mujeres a hombres, y viceversa, son mucho mas preocupantes y dañinos que el reconocimiento legal a las parejas del mismo sexo, ya que en tal caso se está supeditando al sexo (masculino o femenino) a una opinión psicológica subjetiva de cada individuo, lo cual constituye una violación flagrante al conocimiento científico que el Estado moderno dice aceptar como única fuente válida para sus políticas de salud y moral.

Entrado el Siglo XX, la bióloga estadounidense Nettie Stevens (Vermont, 1861-1912) tuvo el atino, en base a un arduo trabajo de investigación, de afirmar que los cromosomas son los componentes que determinan el sexo de los organismos conforme a dos clases de espermatozoides: los que contienen el cromosoma “X” y los que poseen el “Y”. Si los primeros son los que logran fecundar el óvulo, de ahí surgirá una hembra, mientras que si son los “Y” dará lugar a un macho.

Tal afirmación es innegable e incontestable. Por tanto, es obligatorio recalcar que el sexo (y el género, que depende de él) no proviene de ninguna construcción social ni de una opinión psicológica sino un hecho biológico. Son los cromosomas, y no la opinión de una persona, lo que determina el sexo de una persona.

Un hombre, aunque se opere los genitales y se implante silicona en el busto, jamás dejará de ser un hombre, pues sus cromosomas son “XY” y estos son los que definen el desarrollo y conformación de todas sus células de tal persona desde el seno materno hasta la vejez.  De igual forma, una mujer nunca será un hombre por el simple hecho de “sentirse” un hombre.

No existe, por tanto, el “cambio de sexo” ni la transexualidad, siendo esta un transtorno mental (reconocida como tal hasta hace algunos años), donde es la mente del individuo en cuestión lo que no funciona adecuadamente al desconocer una realidad biológica imposible de eludir.

Es importante que todo nacionalista conozca este fundamento, el cual se basa en la biología y no en ninguna cuestión ideológica ni religiosa.

El trasvestismo y el transexualismo representan un peligro mucho mas grave para nuestra sociedad que los matrimonios entre personas del mismo sexo, por el hecho de desafiar de forma franca y abierta el orden de la naturaleza, al pretender engañarla, y por degradar y parodiar a la mujer.

Debemos conquistar el futuro de las nuevas generaciones, y ciertamente no lo lograremos estando sentados frente a la computadora ni condicionando nuestra participación en base a criterios religiosos.

Autor: Arely Damián Ruiz